Esta mañana, como cada martes, subí a tender las sábanas a la azotea. Después de un rato conseguí abrir la puerta; a la llave oxidada cada día le cuesta más entrar en la cerradura. Cuando me veo allí, con el cesto de ropa y las pinzas, siempre me acuerdo del bote de 3en1, olvidado cuando se le necesita en el cajón de las herramientas.
La puerta casi me tira al liberarla del cierre, ahí fuera soplaba un vendaval que parecía haber nacido ahora mismo, porque en casa no corría ni una gota de aire.
Salí como pude, agarrada a la pared, las uñas clavadas en el gotelé y al primer golpe de viento empezaron a volar sábanas y pinzas, el cielo se volvió blanco con velas de cama y todos mis sueños quedaron desperdigados por el aire. Eso sí que no, me dije, y al despegarme de la pared yo también empecé a volar. Conseguí asirme a tiempo a una cuerda, pero el viento era tan fuerte que se salió de la rueda y salimos ambas volando. Cuando ya pensé que no volvía, la cuerda a la que permanecía agarrada se quedó atrapada en otra cuerda que a su vez se soltó y pronto una larga hilera de cuerdas me unían a la azotea donde soplaba viento.
Afortunadamente, el fenómeno solo ocurría allí y con la cuerda conseguí bajar, recogí las sábanas sucias tiradas en la calle y entré en el portal, dispuesta a lavarlas de nuevo, como cada martes.

