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martes, 12 de julio de 2011

Amarse

Dibujo de Juanlu Amando


Él le hacía el amor con sus palabras. La imaginación de ella volaba hasta su cuerpo para sentir algo más.

lunes, 16 de mayo de 2011

La espera


Me coloqué en la entrada para verlos, esa es la razón por la que me gusta ser la primera, para observar a las personas mientras van llegando.
El que se acerca primero va contando palabras con los dedos, hasta que llega al 99, va de la mano de una que no se decide sobre si sus palabras son exactas o muy bellas. Más atrás llega otro que lleva un libro atado a una correa y de vez en cuando lo intenta calmar y le limpia las babas que chorrea cuando pasa junto a los viandantes, les sigue otro con capa y cara de cuentista acompañado de una caja con uno dentro y muchas flechas.
Por otra calle avanza un bárbaro con prólogo y epílogo, y una muchacha que camina dentro de una pecera, entre burbujas se la oye decir “no me vengas con historias”. A lo lejos veo una que lleva una mochila y un estuche de colegio, está aprendiendo, y otra que acude escondida bajo las faldas de la mesa camilla, la misma mesa de cuando éramos niños.
Por el otro lado de la calle viene uno con su espada y un microscopio, con el zoom apunto, un niño en la maceta de un cactus emborronando cuentos, y uno con un montón de sombreros tratando de tapar su asterisco, infructuosamente.
Aparecen otros al fondo de la calle, uno parece tener mala cara, no acude en muy buen estado, y detrás viene otra con su arcón mágico, le siguen un montón de ranas junto a la rana mayor y una que no para de mirar el reloj, como contando el tiempo, sin darse cuenta de que el tiempo lo cuenta el mundo, en un solo grano de arena.
Más lejos vislumbro a uno que trata de buscar la luna por si encuentra algo nuevo o viejo debajo. Y una que tiene muchas cartas en la mano, pero no se decide a echarlas al buzón porque no llevan sellos. Uno que es muy propio y se parece más a su hija que su hija a él acompaña, sin darse cuenta, a Lola, que no necesita presentaciones porque la calle se deshace a su paso. Llega el olor del chocolate de una de las últimas, con cara de bruja, que aparece por la esquina y a la que sigue una que lleva paquetes al por mayor ¿no se dijo que uno, solo uno? Y por último veo a una rioplatense que viene cantando “Asturias, patria querida” ¿qué habrá desayunado?
Hay uno que no había visto nunca pero descubro que también viene porque de los bolsillos va perdiendo relatos, o más bien los relatos le van perdiendo a él.
Todos van al mismo sitio, están locos si no se dan cuenta de que todo el mundo les mira, de que van sembrando historias a su paso y que la gente va a perderse entre ellas sin darse cuenta.
Y yo les miro, desde aquí, con mis zapatillas de andar por casa, esperando sus abrazos, uno por uno.


Leí este relato en la Megaquedada de Microrrelatistas el pasado 14 de mayo, en la Librería Tres Rosas Amarillas, nos conocimos más de 30 microrrelatistas en persona, porque ya nos conocíamos en el plano virtual. Fue un día emocionante, y la emoción perdura... esperemos que hasta el próximo encuentro que espero sea pronto.
Me deshago en agradecimientos a todas las personas que acudieron, las que cito aquí y las que no cito y también a las que no pudieron venir y echamos en falta, que no puedo citar porque son demasiados, para la próxima estaremos más!

jueves, 9 de diciembre de 2010

Pasiones calladas


Eva levanta pasiones, además de por su atractivo y sensualidad, por la lucha dialéctica continua con lo que ella considera injusto, resulta tierna en ese aferrarse a la justicia del mundo. Y es divertida, y su risa es contagiosa. Pero ella no sabe lo que despierta en los demás.
Antonio es un buen contrincante, contra él se disparan muchos de sus argumentos, él, como todos, la mira de otra manera, y Eva a Antonio también, pero parece que ninguno quisiera saberlo o al menos no lo quieren aceptar. Cuando nos reunimos, todos percibimos esa tensión: miradas que se huyen, manos dejadas cerca al azar, roces que chispean.
Lo mejor de reunirnos con ellos es que dejan su tensión sexual esparcida por todas partes, y quien puede la recoge y la hace suya. La otra noche estuvieron en casa, y al marcharse, nuestra pasión pudo oírse en el ático, aunque vivimos en el segundo. Eso sí, debemos dejar pasar tiempo para invitarles otra vez, necesitamos recuperarnos.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Titilar

Una noche de otoño, en una playa del Cantábrico, se quedó mirando el cielo con un amigo que conoció en el camino. Mira, la primera estrella-dijo él-. Es un planeta -contestó ella- no titila ¿no lo ves?. ¿Titila o tilila? - preguntó él-.
Entonces ella sonrió acordándose de su despedida, unos meses antes, del lugar donde vivía, aquel anochecer en la playa, todas sus amigas y amigos allí reunidos con ella, compartiendo el último rato, los bocatas y tortillas, el guitarreo, las canciones francesas, el baño a la luz de la luna, la foto de iluminados. ¿Tililar o titilar? se habían preguntado entonces. Y al día siguiente le habían llegado muchos sms respondiendo a la pregunta, titilando en forma de adioses.

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