Teníamos fecha de caducidad, ya lo sabes.
Yo me di cuenta un día cualquiera, al levantar
ese velo fino que nos cubría. Sobre la capa de nada estaban los números
tatuados. Es triste, pensé, pero también que era preferible consumirnos
antes de caducar. Entonces empezaron los gritos y los reproches, los silencios,
las lágrimas. Y hasta hoy, cariño: mañana nos terminamos.
Tú ahí, tan entero; yo aquí, tan gastada.
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Relato mejorado con la ayuda de Jesús Fabregat ¡gracias!
