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jueves, 21 de febrero de 2013

Hada madrina




Primera campanada, como un disparo. El príncipe grita, del susto ella se tira la ensalada de remolacha en el vestido, pero ya es tarde para disculpas.
Segunda, tercera, cuarta, echa a correr escaleras abajo, ni se da cuenta de que le falta un zapato.
Quinta, sexta, séptima, la gente la mira con horror, pero ella no puede pararse a pensar.
Octava, novena, en última instancia, para qué quiere esos zapatos de cristal que le llevan haciendo daño toda la noche.
Décima, undécima, se quita el otro zapato y corre lo más rápido posible.
Duodécima, el vestido manchado de rojo, descalza, y desorientada en la carretera que lleva al pueblo.
«Me haré cargo de tu defensa», dice su abogada, como si tuviera una varita mágica. «Hasta que aparezca el asesino y el arma del crimen, haremos que esto parezca un cuento de hadas.»


                                                    **********************

Relato escrito para el concurso de Microrrelatos sobre Abogados del mes de enero 

sábado, 23 de octubre de 2010

La defensa


El jurado aguardaba expectante sus conclusiones definitivas. Había bordado la defensa, pero se sentía mal consigo mismo, aquél juicio había sido una auténtica pantomima.
Este caso le había hecho plantearse seriamente la posibilidad de dejar aquél trabajo, en el que hacía mucho tiempo que no creía.
Aquélla mañana tenía sentimientos encontrados, por un lado se sentía casi libre, se visualizaba haciendo aquéllo con lo que disfrutaba de verdad y que resultaba mucho más coherente con sus ideales. Por otro lado, el maldito juicio le traía de cabeza, sabía que su defendido mentía porque se lo había dicho tácitamente, pero aún así no le quedaba otro remedio que buscarle una condena más leve, que no se merecía en absoluto. Y lo estaba consiguiendo, había formado un verdadero espectáculo en la Sala y hasta la jueza parecía haber creído la historia alternativa, la nueva narración de los hechos -casi igual a la real- que dejaba al acusado fuera de la cárcel en poco tiempo.
Pero tenía una idea, las mismas palabras que atenuarían la pena frente al jurado, dichas de otra forma, tendrían otro efecto. Y de paso dejaría para siempre ese trabajo.
Se ajustó la toga, respiró profundo y miró a la jueza, luego al jurado y se colocó su nariz de payaso para terminar con aquél circo de una vez por todas.

Este relato me lo inspiró una conversación con Manuel Ferrero de Manu te cuenta, ahí va con cariño

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