Primera
campanada, como un disparo. El príncipe grita, del susto ella se tira
la ensalada de remolacha en el vestido, pero ya es tarde
para disculpas.
Segunda,
tercera, cuarta, echa a correr escaleras abajo, ni se da cuenta de que
le falta un zapato.
Quinta,
sexta, séptima, la gente la mira con horror, pero ella no puede pararse a
pensar.
Octava,
novena, en última instancia, para qué quiere esos zapatos de cristal que
le llevan haciendo daño toda la noche.
Décima,
undécima, se quita el otro zapato y corre lo más rápido posible.
Duodécima, el
vestido manchado de rojo, descalza, y desorientada en la carretera que lleva
al pueblo.
«Me haré
cargo de tu defensa», dice su abogada, como si tuviera una varita mágica.
«Hasta que aparezca el asesino y el arma del crimen, haremos que esto parezca
un cuento de hadas.»
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Relato escrito para el concurso de Microrrelatos sobre Abogados del mes de enero

