Imagina a Harvey Keitel mirándote
fijamente, con esa mirada profunda que revela que sabe lo que piensa, lo que tú
piensas, lo que pensamos todos. Pasa el tiempo y tú tiemblas mientras esperas a
que ocurra algo, reflejado en sus ojos pequeños. Entonces, poco a poco, se
achinan en una mueca que empieza justo ahí, en sus ojos, las comisuras de sus
labios suben, crecen sus arrugas, y se forma una sonrisa ancha; ves sus dientes
y le oyes reír, con una carcajada que le cambia toda la cara. Ahora no puedes
evitar reír tú también.
Pero la realidad es que mi
presupuesto no llegaba para contratar a Harvey Keitel, y aunque el actor que he
conseguido es bueno, todos sabemos que tendría que ser muy especial, yo debería
haber escrito mejor este microrrelato, y tú ser más comprensivo con el
final.
