
Todos los lunes por la mañana se encontraban y se hacían entrega de una mochila. Cada lunes le tocaba a uno.
Un lunes, ella iba a su casa a primera hora, y si él no estaba, dejaba la mochila en la puerta. El siguiente, él acudía a casa de ella a media mañana, caminando o con la moto, ella bajaba y la recogía. Debía ser algo muy importante cuando no había lunes que fallaran. Sin embargo, no hablaban ni se miraban a los ojos. Y si alguien se acercaba mucho, casi podía sentir el lazo de dolor que les unía.