A finales de julio nos dimos cuenta de lo despacio que iba todo. Pensamos que era por el calor, pero en agosto tuvimos que aceptar la vida a cámara lenta: las conversaciones se quedaban en el aire y podíamos ver las sílabas moverse de un interlocutor a otro; y así hasta que todo se paró, hasta que el mundo dejó de girar. No hubo golpe seco, nadie se cayó, los líquidos no se derramaron, solo esa quietud que nos invadió en mitad de las vacaciones.
Lo siguiente fue girar todo hacia el otro lado y que lo que había pasado volviera a ocurrir en sentido inverso. Los vasos se llenaban de nuestra boca para vaciarse en las botellas, las conversaciones eran ininteligibles; caminar hacia atrás, conducir o hacer el amor en sentido inverso se nos complicaba; pero sin duda, lo que más nos costó fue ver cómo se levantaban los muertos de sus tumbas, o que salieran caminando de los crematorios, sacudiéndose las cenizas del traje.
*Pues eso, que nos vemos a la vuelta, no sé en qué vuelta exactamente, hacia delante o hacia atrás. Gracias por girar conmigo.