Cuando te marchaste, traté de asumirlo como pude: pasé del estado de shock al llanto, del silencio al no parar de hablar, siempre con lágrimas por medio. Pero era imposible, sin ti no quería seguir. Así que te llamé, un día tras otro te pedí que volvieras. Y lo hiciste.
Venías algunas noches, me abrazabas y yo lloraba sabiendo que no te habías ido y que seguirías a mi lado; pero por la mañana te marchabas de nuevo y tu olor se quedaba en la almohada, que yo lavaba en un arranque de valentía, de puedo sola. Después de unos días, lavar la funda de la almohada no era suficiente, el olor de las sábanas también había que eliminarlo. Y luego empezaron a molestarme los gusanos, que me hacían cosquillas en los pies cuando los pegaba a los tuyos, tan fríos, tan como siempre.



