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sábado, 19 de noviembre de 2011

El anuncio



—Señor policía, aquí hay un error que me gustaría aclarar.
—Don Pedro, hablará usted cuando le tome declaración, de momento solo tengo que apuntar sus datos y los de la señora… ah, si, Dolores —dijo mientras seguía escribiendo los datos de ambos ancianos—. A ver, ustedes se conocieron por un anuncio que puso don Pedro Antúnez en el periódico ¿cierto?
—Si —contestaron a dúo, don Pedro, cabizbajo y Dolores, con una amplia sonrisa de satisfacción. Dolores acercó un papel a la mesa de policía— Aquí tiene el anuncio.
—Entonces —preguntó el policía, mientras leía el trozo de periódico —Usted, don Pedro decía en el anuncio que quería bailar, sexo consentido y hasta viajar, posiblemente, claro —dijo esto con retintín—. Sin embargo, cuando Dolores quiso practicar sexo, usted se negó en todas las ocasiones ¿no le parecía que el sexo era suficientemente consentido? —señaló con el mismo soniquete que antes.
—¡Ya estoy harto de que se rían de mi! Cuando yo decía sexo consentido me refería a que yo lo consintiera, y por eso mismo lo maticé así en el anuncio. Verá, le explico. He puesto otros anuncios, y en cuanto leen lo de bailar, inmediatamente las mujeres piensan en sexo. Y yo ya no estoy para esos trotes, ni ganas que tengo. Por eso maticé consentido ¡por que quien lo tenía que consentir era yo, sobre todo! ¡ellas siempre quieren! ¡y a mi lo que me gusta es bailar!
Dolores ahora miraba decaída mientras don Pedro apretaba los puños encima de la mesa y el policía trataba de contener la risa, medio agachado tras unos papeles que simulaba revisar sobre el caso. Consiguió retomar la palabra después de unos cuantos carraspeos.
—Entonces, don Pedro ¿quiere usted ratificarse en la denuncia por abuso sexual, por los tocamientos que llevó a cabo doña Dolores? —tuvo que carraspear otra vez para que no saliera la carcajada que se le había atragantado.
—Déjelo, da igual, esto no tiene sentido.
Dicho esto, don Pedro se levantó despacio de la silla y salió del despacho, detrás fue Dolores, mucho más pequeña que aquel hombre alto y robusto cuyo cuerpo empezaba a doblarse. El policía se quedó en su despacho, mirando alejarse a la extraña pareja.
—La vida nunca dejará de sorprenderme.


Escrito para la propuesta del Foro Brevedades "Microrrelato a partir de anuncio clasificado"

sábado, 9 de julio de 2011

Fin de cuento

Foto de Pablo Díaz

Como castigo, la madrastra de Cenicienta barría las flores de la última escena, antes de que se proyectara la película de nuevo.

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