
Y dio otro bocado, y luego otro más, tenía que comer, no pensar. Masticar, masticar, tragar. Ella ya no estaba allí, era solo su carne y era la única forma de sobrevivir. Él no la había matado, ella fue más débil. Así lo habían decidido, el que aguantara más se comería al otro y viviría los días suficientes hasta que llegara el rescate. Pese a todo, tenía que reconocer que estaba sabrosa.