
Desde aquél lejano día en que una voz le respondió en clase de religión la pregunta formulada, no ha vuelto a tener preguntas sin respuesta. Siempre una voz le dicta las respuestas. Y sabe que Dios no es, se lo dijo Don Enrique y un cura tiene que saber de esas cosas.
Al principio cuestionaba la voz, indagaba sobre la veracidad de las respuestas, así supo que nunca se equivocaba. Hizo preguntas de todo tipo, y cada vez era más exigente, buscaba aquéllas difíciles donde no hubiera una respuesta categórica, pero siempre la voz resolvía con sencillez lo planteado.
Harta de saberlo todo, dejó de preguntarse cosas. Hasta un día en que, caminando por la calle, se preguntó por la muerte, al instante siguiente se tiró bajo las ruedas de un autobús.