
De lo fascinante y necesario de Libertad a la levedad y el soplo de aire fresco de Mio, me encuentro, con conocimiento de causa, con La Saliva del Tigre, el nuevo libro -en este caso de minificciones- de Pablo Gonz.
Para mi, no es solo un libro de minificciones, ni de cabecera, también es un libro de texto en el que estudiar entre líneas las técnicas que Pablo utiliza y experimenta con tanta precisión. Por hablar de algunas, el uso de las imágenes (Mientras duerme), los paréntesis (La comisión), elipsis (El destino de un hombre o Noches de Valencia), la naturalidad de su narrativa (Viajeros), el manejo de los diálogos (La puerta), experimentos (El el beso beso), los adjetivos (El Minotauro).
Con Pablo Gonz, nada queda al azar, todo está medido y estudiado, llegando a quien lo lee fresco y claro, llegando a parecer sencillo lo que no lo es, algo que es fruto del esfuerzo de un gran escritor.
Por otra parte, Pablo Gonz no es solo un escritor, el contacto con las personas que lo leen es parte de su vida y labor como tal.
Y además, Pablo Gonz es un amigo.
Lo único que lamento de la lectura de estos salivazos es que cuando los vuelva a leer en su blog ya no será la primera vez, pero para entonces y gracias a mi gran capacidad de olvido, los leeré con nuevos ojos, y en caso de que no, habré madurado mi comentario top.
Gracias, amigo Pablo, por el regalo de leerte.
Ahora me gustaría, como pequeño homenaje a este insigne autor, describir como lo percibo desde aquí, con un microrrelato de andar por casa.
Pablo se despierta temprano, como cada día sale al bosque y rebusca entre las piedras, seleccionando las que le gustan. A lo largo del día va recogiendo otras que encuentra en su camino. Todas van a parar a su viejo zurrón, aquél que trajo de León, para vaciarlo en una mesa maciza al llegar a casa, por la tarde. En ese momento tiene que elegir una sola para trabajarla. Entonces saca su cincel y comienza el trabajo duro, unas veces elige piedras grandes y les saca formas por todas partes, otras una piedra chiquitita con la que el trabajo es titánico, cómo quitar sin que falte nada. Mientras ranura y desbasta la piedra sonríe con sus propias ocurrencias, se nota que disfruta. Lo consigue, casi siempre lo consigue y cuando termina y mira su piedra se siente satisfecho por el trabajo hecho. Después la teclea en su ordenador, dejando la piedra bajo la manta de la cama de invitados.
Pablo, el escultor de minificciones
Le podéis encontrar en su blog: El blog de Pablo Gonz