A veces caer a un pozo es
sencillo, basta con poner un pie delante del otro y el agujero se abrirá ante
ti. Otras, tienes que levantar un poco el pie que avanza, a fin de facilitar el
traslado; o trepar incluso por un murete de piedra, colocarte encima y saltar.
Más difícil, sin embargo, puede
resultar salir de él, aunque seguro que hay quien intente sacarte. Entre ellos estará
quien te tire una cuerda, se quede arriba y te acompañe; ya que si consigues
treparla o atarte a ella (no para colgarte, que ya hablaríamos de otra cosa)
tendrá que colaborar, también, en el ascenso, en la salida. Habrá quien se
lance en tu ayuda, para darse cuenta al momento de que ahora sois dos los habitantes
del pozo. Y no faltará quien te hable desde arriba, te pregunte, te acose incluso
para que salgas, que trepes las piedras que hacen el pozo (si es de piedra),
que agujerees la tierra para subir, pie sobre pie, mano sobre mano.
A mí lo que me gusta es salir
cuando no hay nadie arriba, cuando no se me espera; de noche, que por la mañana
siempre regresarán para ver si sigo ahí. A veces me gusta verles caer.

